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De latas en el estacionamiento a lanzas en la historia

Por: Oscar González Ortiz

Una lata de refresco abandonada en la línea divisoria del estacionamiento del edificio donde reside mi hermana Ana María, entre el puesto en el que ella estaciona y el puesto del vecino, parece un detalle insignificante, pero en su persistencia de estar siete días tirada allí, se esconde una metáfora poderosa sobre la sociedad. Esa lata que nadie recoge, está como testigo mudo de nuestra incapacidad para asumir responsabilidades mínimas, pareciendo dialogar curiosamente con el Alzheimer que carcome los recuerdos de mi madre. 

Mientras la ciencia indaga si esta enfermedad es hereditaria, en las calles se multiplican los casos de amnesia colectiva mucho más peligrosa: la que nos hace olvidar que fuimos un pueblo capaz de cruzar los Andes para liberar a cinco naciones. Sí, como estás leyendo, antes migrábamos para llevar libertad.  La paradoja es desgarradora: mi madre, la única en su familia con Alzheimer, parece reflejar en su deterioro neuronal lo que ocurre en el cuerpo social  —una memoria histórica que se disuelve como azúcar en el café. 

Parir Patria: cuando el dolor se convierte en legado  

Mi madre, esa mujer que con coraje arrecho me parió, me enseñó que dar vida es el acto más revolucionario; hay que tener ovarios para eso. Hoy, frente al nuevo monumento a las libertadoras en el paseo Los Próceres en Caracas,  admiro las estatuas de Marta Cumbale, Ana María Campos,  Apacuana, Bartolina Sisa, Juana Ramírez, Cecilia Mujica, Eulalia Buroz, Josefa Camejo, Manuela Sáenz, Josefa Sánchez, Luisa Cáceres y Bárbara de la Torre, comprendiendo que parir no se limita al acto biológico. Estas mujeres que no tenían redes sociales, WhatsApp o WiFi, parieron patria en unión a los libertadores, con estrategias en lugar de gritos; con lanzas y espadas en lugar de forceps. 

Los legados de estas combatientes, nos lleva a reflexionar sobre el parto más extraordinario del siglo XXI: la Revolución Bolivariana. Hugo Chávez, el hombre, parió un movimiento que trascendió la individualidad para convertirse en un “yo no soy yo, soy un pueblo”. En ese alumbramiento colectivo estuvimos todos: el panadero que amasaba esperanza con cada pan, mi abuela que desde el cielo teje mis sueños, el mecánico que ajusta tuercas y conciencias. 

Evocando recuerdos

Desempeñé cargos como Director del Despacho del Ministerio del Despacho de la Presidencia, Edecán Coordinador, siendo el último cargo el de Jefe de la Unidad de Seguridad del Comandante Supremo, como también fui el primer jefe de esa Unidad del Comandante en Jefe Nicolás Maduro Moros, nuestro conductor de victorias; también, en todas las caravanas realizadas en el año 2012 estuve al frente del vehículo acompañando a mi Cap. Diosdado Cabello y al Dr. Jorge Rodríguez. La disciplina aprendida al lado de estos maestros no fue simple protocolo militar, es experiencia de vida. 

Realizando una analogía con lo expresado en el párrafo anterior, en el océano de la historia contemporánea, la disciplina aprendida es una pequeña gota del legado educativo que formó a Simón Bolívar, con los ideales de maestros como Simón Rodríguez y Andrés Bello, que moldearon su pensamiento revolucionario sembrando semillas del ideal político que trascendió fronteras para llevar libertad e independencia a otras naciones. De hecho, la interconexión entre educación y política es revelada como un motor para la transformación social, ya que, nutriendo mentes críticas y creativas, construimos sociedades. Recordemos que sus enseñanzas se convierten en actos de resistencia ante los desafíos actuales, donde cada voz contribuye a la sinfonía de la realidad.

Hoy, cuando leo las vallas en las avenidas, expresando: “Fe en el pueblo”, entiendo que esa fe no es pasiva, es el verbo que se conjuga con sudor y resistencia. El Libertador no convenció a negros, esclavos e indígenas con discursos. Demostró que la liberación no era un favor, había que luchar un derecho escrito en la sangre compartida. 

¿Será que hay una ecuación imposible del álgebra social?  Una persona de nombre bíblico me llevó a buscar el Álgebra de Baldor, para ubicar la fórmula: a veces la suma resta (cuando agregamos burocracia y perdemos eficiencia) y las restas suman (cuando eliminamos egoísmos y ganamos unidad). Venezuela necesita resolver esta ecuación con variables nuevas: 1. Memoria contra Alzheimer social: crear “bancos de recuerdos históricos” en cada comunidad con verdades de historia no escrita en libros. 2. Productividad revolucionaria: recuperemos las escuelas, recordemos que los jóvenes son el presente y el futuro. 3. Disciplina creativa: revivir el espíritu de las tres raíces (Bolívar, Rodríguez, Zamora) en formatos del siglo XXI —apps para redes sociales comunitarias. 

El Alzheimer de mi madre, la lata en el estacionamiento, las libertadoras olvidadas y las ecuaciones imposibles son eslabones de una misma cadena: la batalla entre el olvido conveniente y la memoria necesaria. Como escribió el poeta Ramón Palomares:

 “El que no sabe de dónde viene el agua, cómo sabrá para dónde va la sed”. 

Venezuela tiene sed de futuro, pero sólo la recordaremos si no olvidamos que fuimos, somos y seremos pueblo. Un pueblo que, como mi madre en sus días lúcidos, sigue teniendo arrechera para parir esperanzas, incluso cuando el mundo nos da por perdidos.


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