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Verdad, lavado de manos y Revolución

Oscar González Ortiz


Acercándose la Semana Mayor, estoy viendo en una red social “Jesús es condenado ante Pilato”, desarrollándose en las escenas el siguiente diálogo (San Juan, 18): 

Pilatos le pregunta a Jesús: “—¿Eres tú el Rey de los judíos?”. Responde Jesús: “—¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?”. Contesta Pilatos: “—Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”. Jesús respondió: “— Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aqui”. La respuesta de Pilatos fue: “—¿Luego, eres tú rey?”. Jesús replicó: “—Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”. Le dijo Pilato: “—¿Que es la verdad?”. Luego en una escena más adelante, Pilato se lava las manos, expresando: “—Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros” (San Mateo, 27).

La escena bíblica de Jesús ante Pilato es un espejo de nuestra realidad contemporánea. Cuando Pilato pregunta “¿Qué es la verdad?”, y luego se lava las manos, establece el manual perfecto de la indiferencia política. En Venezuela 2025, esa pregunta resuena con amarga actualidad: ¿Dónde está la verdad cuando los grandes medios internacionales magnifican nuestros errores ocultando los efectos criminales de las sanciones? ¿Qué verdad ven esos compatriotas que, desde la comodidad de sus privilegios, celebran cada nueva medida coercitiva como si fuera un triunfo? 

El drama del niño que no comprende por qué no puede comer un helado, no aparece en los reportajes sobre el dólar paralelo; las situaciones enfrentadas en centros asistenciales sin medicinas no son trending topic en redes sociales; el rostro de la madre que inventa excusas para ocultar su pobreza no tiene espacio en el debate político. 

De Pilato a Pedro, mecanismos modernos del abandono

El lavado de manos de Pilato encuentra su equivalente perfecto en la comunidad internacional que, mientras imponen sanciones inhumanas, declara “no somos responsables del sufrimiento del pueblo venezolano”. Es el mismo gesto de aquellos venezolanos acomodados que, como Pedro negando a Jesús, hoy dicen “no conozco este país”, a la vez que disfrutan de cuentas en divisas y educación privada. La traición no siempre es activa, a veces consiste simplemente en mirar hacia otro lado cuando el vecino no puede comprar insulina o cuando una familia entera come una sola vez al día. Pero hay una diferencia crucial entre el relato bíblico y nuestra realidad: Jesús aceptó su sacrificio en silencio, mientras que el pueblo venezolano está atento a una esperanza. 

En los barrios, personas organizan ollas comunitarias con la misma determinación con que las mujeres acompañaron a Simón Bolívar en su Campaña Admirable de 1813. Los médicos que improvisan soluciones ante la escasez de insumos escriben su propio evangelio de resistencia, donde cada cura improvisada es un milagro. Los maestros que siguen dando clases sin materiales, son los nuevos apóstoles de una fe inquebrantable en el futuro. 

La Verdad como arma revolucionaria 

Frente al “¿qué es la verdad?” de Pilato, la Revolución Bolivariana debe responder con hechos concretos: 1. La verdad de los números: Mientras el FMI celebra el “éxito” de las sanciones al reportar caídas en nuestro PIB, la verdad está en las personas atendidas en plena pandemia, con recursos limitados pero con voluntad infinita; 2. La verdad de los mercados: Donde algunos ven escasez, el pueblo organizado ve oportunidad para crear redes y mercados comunales que están desafiando la economía de guerra; 3. La verdad de los niños: Ese pequeño que no entiende por qué no hay helado hoy, pero que recibe educación gratuita y sueña con ser médico gracias a la Universidad Bolivariana. 

El lavado de manos moderno adopta muchas formas: 1. Los políticos de oposición que piden más sanciones y luego culpan al gobierno por sus efectos; 2. Los empresarios que esconden productos para especular mientras hablan de “libre mercado”; 3. Los intelectuales que analizan la crisis desde Miami o Madrid, sin pisar un barrio venezolano en años. Si consideras que hay otras formas de justificación escríbelo.

Construyamos Verdad desde Abajo. La respuesta no está en esperar que el mundo reconozca nuestra verdad, construyámosla día a día, valiéndonos de: 1. Periodismo popular: Celulares grabando las realidades que los grandes medios omiten; 2. Economía documentada: Registros comunitarios que muestren el impacto real de las sanciones; 3. Pedagogía de la resistencia: Enseñar a los niños que su hambre no es normal, es producto de la guerra no declarada.

Cuando Pedro negó a Jesús tres veces antes del canto del gallo, no imaginaba que siglos después sería recordado en todo el mundo. Hoy, los que niegan la lucha del pueblo venezolano, los que se lavan las manos ante nuestro sufrimiento, los que celebran cada nueva sanción, escriben su propio juicio histórico. Porque como dijo el Che: “La verdad siempre es revolucionaria”. Nuestra verdad, aunque intenten ahogarla con dólares y mentiras, sigue floreciendo en cada comedor popular, en cada aula improvisada, en cada sonrisa que se niega a morir. 

El pueblo venezolano no necesita que Pilato reconozca nuestra verdad. La está construyendo con sus propias manos, sudor y lágrimas. Cuando la historia final se escriba, no recordará a los que se lavaron las manos, recordaremos a los que, como Jesús cargando su cruz, siguen avanzando hacia la resurrección de la Patria. Porque al final, como cantó Alí Primera, “los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”. Venezuela, pese a todo, sigue pariendo esperanzas en mantener viva la primera revolución del siglo XXI. 


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