¿Merecedores de vivir o de sobrevivir?
Por Deisy Viana
En las sombras de la vida, existen historias que parecen ser arrancadas de las páginas más oscuras de una novela. Son relatos de infancias donde los padres no están, donde el vacío pesa más que cualquier ausencia. En esos hogares, la figura materna, lejos de ser refugio, se convierte en una herida. He conocido esos casos, los he sentido en cada palabra de quienes los viven, y cada historia me enfrenta a una verdad desgarradora: el pasado puede ser una prisión, pero también puede ser la plataforma para la liberación.
Una infancia rota no debería definir el destino de nadie. Cada trauma, cada abandono, cada golpe emocional es una cicatriz, sí, pero las cicatrices cuentan historias de supervivencia. Y en la supervivencia hay una semilla de esperanza, un derecho que nadie debería cuestionar: el derecho a restaurar la vida, a encontrar paz y propósito en medio de los escombros.
He visto cómo algunos de estos sobrevivientes enfrentan el mundo con una fuerza que desafía la lógica. Conozco personas que han transformado su dolor en empatía, su desesperanza en compasión. Pero también he visto a quienes se hunden, quienes cargan el peso de sus heridas como una cruz que no pidieron llevar. En ambos caminos, lo que subyace es el inmenso impacto de la ausencia de un entorno familiar sano y el papel crucial de la sociedad en ofrecer apoyo.
Esta reconstrucción no es solo un derecho individual, sino un llamado colectivo. Implica desafiar los estigmas que rodean a quienes han sufrido y crear espacios donde puedan encontrar sanación. Significa reconocer que, aunque el pasado moldea, no tiene el poder de definir.
En este viaje, la fe puede ser una brújula. En la Biblia, encontramos palabras que ofrecen consuelo y esperanza. El versículo de Isaías 41:10 resuena como un canto para quienes buscan restaurar su vida: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” Que estas palabras sean un recordatorio de que nunca estamos solos en nuestra búsqueda por superar lo que fue y abrazar lo que puede ser.
La restauración es posible. Porque más allá del dolor y los traumas, cada persona merece descubrir su propia luz. Cada persona merece vivir, y no solo sobrevivir.