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Hugo Chávez: La encarnación de un pueblo con eco global

Oscar González Ortiz

En un mundo donde las narrativas monopolizadas buscan silenciar las voces del pueblo,  levantemos nuestras plumas y reescribamos relatos de nuestra existencia. No se trata de contar lo sucedido, es una invitación a unir fuerzas creando capítulos renovados, donde cada palabra se convierta en grito de solidaridad. Despertemos la lectura, iluminemos mentes, armemos de conocimientos a las comunidades, que cada página escrita sea un paso hacia la reconstrucción de la historia, lo cual no es tarea fácil, con venezolanos migrantes presos —secuestrados, sin juicios, engañados— en El Salvador, continuamos enfrentando al dólar paralelo diariamente, desafiando bloqueos y sufriendo más de mil sanciones. 

Es fundamental contar con líderes que junto al presidente Nicolás Maduro Moros y el pueblo en su conjunto, nos comprometamos a ser arquitectos de la historia que se construye en comunidad, donde cada voz aporte su matiz y perspectiva. Fomentemos liderazgos que escuchen, que dialoguen y actúen en función del bienestar colectivo. Unidos forjemos caminos para que la política sea herramienta de transformación social, impulsemos la revolución cultural despertando conciencias para abrir las puertas del futuro.

En los confines más diversos del mundo —desde los bulliciosos mercados de Teherán hasta las tranquilas calles de Londres, partiendo de la plaza Tiananmen y llegando a Sudáfrica, desde los cafetines de New York hasta los barrios obreros de Buenos Aires—, pronunciar el nombre de Hugo Chávez despertaba reconocimiento inmediato: “¡Ah, Venezuela!”. Aunque muchos no supieran ubicar geográficamente al país en el mapa, su existencia resonaba con fuerza a través de la figura carismática de su líder. Este fenómeno, único en la política contemporánea, trascendió fronteras y culturas, convirtiendo a Chávez en símbolo de resistencia, esperanza y conexión emocional para millones. No era un presidente, era la voz de un pueblo que, por primera vez en décadas, sentía que su historia se contaba en el escenario global.

Entre el pueblo y la historia, en Caracas, conocí a una adulta mayor a quien llamaban “Caperucita Roja”, vivo ejemplo de la visibilización de las bases populares. Ella, como tantos campesinos, deportistas, estudiantes o amas de casa, vibraba al mencionar a Chávez. Las personas expresaban: “Es como si llevara nuestras esperanzas y alegrías en la mirada”. Esta conexión humana no era exclusiva de Venezuela. En un hotel de República Dominicana, durante una cumbre internacional, presencié cómo la multitud heterogénea —diplomáticos, periodistas, camareros— se agolpaban en el lobby para estrechar su mano, como si tocarlo les permitiera llevarse un fragmento de aquella utopía colectiva que él encarnaba. Incluso en la sede del Mercosur, en Uruguay, rodeado de mandatarios, Chávez era el imán que atraía las miradas. Su frase “Yo no soy yo, soy un pueblo” adquiría dimensión universal: era el rostro de los invisibles, el megáfono de los sin voz. 

Liderazgo prodigioso y natural

Pero ¿qué irradiaba este hombre nacido en Sabaneta? Su liderazgo no se basaba en algoritmos ni en estrategias de mercadotecnia, se orientaba en la autenticidad que resonaba con las luchas históricas. Recordemos a José Félix Ribas, quien en 1814 arengó a adolescentes y seminaristas sin experiencia militar, para defender a Venezuela en la Batalla de La Victoria: “¡Soldados, lo que tanto hemos deseado va a realizarse hoy: he ahí a Boves!”. Aquellos jóvenes, como los seguidores de Chávez siglos después, no seguían a un hombre, seguimos una causa. 

Un líder, en esencia, no se construye con discursos pulidos, requiere la capacidad de encender la chispa de identidad compartida. Mi experiencia como secretario en la Universidad Militar Bolivariana de Venezuela refleja esta idea. Durante una marcha simbólica —desde Las Adjuntas hasta La Victoria—, recreamos el camino de aquellos combatientes independentistas. Traíamos: agua, comida, celulares… pero sobre todo, llevábamos la memoria. Al finalizar, al subir los brocales de las calles empedradas de la ciudad de La Victoria, sentí que cada paso honraba a Ribas y a la ética de sacrificio que Chávez revitalizó. Un líder verdadero, como él, no necesitó emoticones ni seguidores virtuales, su fuerza estaba en la lealtad orgánica de quienes caminaron a su lado, incluso bajo la lluvia o el sol inclemente. Hoy, muchos dirigentes se esconden detrás de pantallas, midiendo su influencia en likes. Chávez, en cambio, habitaba las plazas, improvisaba canciones, abrazaba a las abuelas y desafiaba imperios con una sonrisa. 

Su legado, más allá de ideologías, invita a reflexionar: el liderazgo auténtico no se decreta, se cultiva en el barro de las calles, en el diálogo con el pueblo y en la coherencia entre palabra y acción. Como aquella vez en un hotel caraqueño, cuando el maestro de ceremonias, paralizado por los nervios, fue reemplazado por una camarada anónima con “voluntad de torera”, entonces Chávez nos recordó que la verdadera revolución no la hacen los héroes solitarios, sino los pueblos que se atreven a tomar el micrófono de su propia historia. En definitiva, Chávez puso a Venezuela en el mapa mundial, convirtiendo a su gente en protagonistas de un relato épico que aún está presente. Aunque algunas personas y grupos se encargaron en su momento de que su figura generara polarización, incluso los críticos más feroces no pueden negar algo: logró que el mundo escuchara, por primera vez, el latido de un pueblo que antes era susurro en los libros de geografía. 

¡Dignidad, Venezuela, los migrantes no son delincuentes!


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